Tuesday, May 12, 2009

Variaciones en el espejo

I

Los ojos extraños no justifican ni entienden
la mirada, ajena, no sabe de la sed
no existe
sangre en las venas
ni corre ni duela

la mirada de vidrio
lo sabe
y por ello
pese a ello

es implacable



II

Has copiado mis formas
las formas

me recuerdas
la sinuosa serpiente
atenta
silenciosa
tentadora

tienes mis ojos

me miro
me miras
me mira Dios

y nadie me entiende

Tuesday, April 7, 2009

La caida infinita

Y pensar que ese amor que era mi felicidad entera, esa que siempre anduve buscando y que me parecía el invento ridículo de quien no entiende la vida, estuvo ahí.
Estas ahí. De pronto ahí, mirándome cos tus ojitos caídos al final. Melancólicos. Escondidos detrás de las gafas como para asomarse al mundo sin que el mundo los pueda tocar. Y me mirabas...

Estas ahora, convertido, ahora, en un abismo infinito por el que caigo continuamente y sin reventar. Flotando, bajando, sufriendo, deshaciéndome esperando el final que no llega. Caigo, caigo, caigo pero no logro el suelo.
Sin final y sin golpe.
Sin suelo ni muerte.
Sólo el descenso de un dolor interminable que no entiendo. Asimétrico. Todavía asimétrico, hoy y por siempre.

Aguantar respirando. Olvidar que sigo cayendo, vivir como si la vida fuera posible en la precipitación acelerada de un cuerpo que se dirige hacia la nada rotunda.

Monday, April 6, 2009

Digresiones futiles

Tú sabes como me gusta pensar en la muerte: Consuelo en las horas amargas y premio en las horas felices. Me gusta pensar en como será el día en que me muera, y pensar que pensarán y que sentirán quienes me conocen o me conocieron o simplemente se enteran de una muerte más que no cambia nada y que será olvidada como todas las otras muertes.

Y últimamente me ha dado por pensar que pensarías tú si me muero. Evidentemente te ha de parecer una bobería, y lo es; pero no deja de divertirme la sensación de mi muerte ante tus ojos. Tú no te enterarás primero. Eso es seguro. Lo sabrás ya tarde. Tal vez lo sepas por algún error o coincidencia o un simple designio de la providencia te lo informe: ha muerto. Se murió. Dejó este mundo. Me encantaría que te llegara esta carta, porque sería como la prueba de que estas reflexiones inútiles no lo fueron totalmente. Y que mi muerte te busca. Te sigue buscando. Te encuentra.

¿Cómo te enterarías de que me he muerto? ¿Cuánto tiempo pasará sin que lo sepas? A veces me gusta pensar que tu corazón lo presentirá, porque después de todo me querías y justo entonces te darías cuenta. Una tragedia. Y me imagino que te atrapa la inquietud, más de lo que te tiene moviéndote, y sientes un desasosiego demencial que te obliga a llamarme y tal vez ahí te cuenta que me morí. Y tu sabes que en el fondo ya lo sabías. Y te duele no haberme llamado antes para decirme cualquier cosa que has estado pensando hace sólo unos días. Un día antes, un par de días.

Pero esa es un visión muy romántica propia de las princesitas de siglo XIX que ya hace tiempo se acabo. Una visión que incluye que tú estas ligado a mi, pues soy yo el único ser en el universo cuya corazón siempre oyes. La falta de mis latidos, de mi, en este mundo será tan perceptible como el silencio incomodo. Un amor. Uno solo. No es así. !cliche! Lugar común. Vulgar. Ridículo, sí, así se simple.

Así que me imagino que me muero y trato de encontrar cuales serán los caminos mediante los cuales la noticia te alcanza. ¿Será un epitafio en El Tiempo, que lees por la mañana en medio del ritual de la procrastinación? ¿Tal vez ya no procrastinas y yo no lees, pero tus amigos, algúno siquiera sí… te llamará para contarte. ¿Que palabras escogería?. «¿Has vuelto a hablar con P?… creo que sería bueno que llames a su casa parece que tuvo un accidente», porque sabrá más que tú lo que podría dolerte. «¿cómo así?» dirás sorprendido, impaciente como eres. «Sí parece… parece que algo le pasó», se defenderá sin saber como decírtelo.

Podría decirte: «P se murió». Y harás silencio, un silencio abismal… el abismo por donde cae tu corazón. Pero puede también que la noticia te alcance a través de alguno de nuestros amigos. A le dice a J por Facebook y llama y te dice: «que como que p se murió…» y tu llamas a tu papá y le preguntas para que averigüe… «¿cómo así? Que vaina… ¿qué le pasó?». Y llamará para averiguar seguramente con mi mamá, aunque primero intentara corroborar la noticia en alguna parte… la oficina del abuelo, la universidad.. no se. En alguna parte donde esa pregunta en caso de ser falsa no sea un escandaloso bochorno.

Pero también puede ser que la noticia te llegue por medio de alguien muy insólito, no se quien… pero me imagino que la noticia se empieza a derramar como el agua y a ampliarse de manera que encuentra conductos muy irregulares… tal vez te enteras una semana después y te preguntas como no supiste antes, como puede ser que después de haber sido, hoy ya no sea nada. Un cadaver. Y pensaras que hubieras preferido hablarme o te alegraras de no haberlo hecho. Y necesariamente habrás de acordarte que conmigo se mueren la masita, el pingüino, el bebe hermoso y el perro Zarnoso. Un alivio, un desprendimiento. Un dolor infinito, una falta que no se cura.

Y todas estas reflexiones me gustan... no porque sienta que sufrirás, -aunque no descarto que así sea-. No es una venganza, es el sentido trágico el que me llama. Tras mi muerte, y sólo entonces, podrás ver con perspectiva el sentido. Porque ya no habrá despúes. El mundo, el tiempo se detienen, ahí, en ese punto. Queda, lo que quedó... como un latigo, como un copo de nube, sutil.

Y si me quisiste o no, si te remuerde en algo esa manera de encerrarte detrás de tus problemas para dejarme viendo solo la caparazón insufrible de tu egoísmo… ya no será mi problema... será el tuyo.

Pero es un pobre consuelo.

Es una idea que me entristece más que la despedida; porque no deja de ser un final entupido para una realidad contundente.

¿Y vendrías a mi entierro? No se. Creo que no. ¿Para que? ¿con que título ¿y a hacer qué?…
¿cambiaran tus días? ¿por lo menos dos de ellos?… ¿podrás dormirte con tranquilidad?… ¿cuanto tiempo apareceré en sus sueños? ¿Aparezco aún?
Y las cosas materiales, que divertidas y engorrosas se tornan entonces. ¿Que harás con ellas? ¿las traes? ¿y si no las traes las dejas envejecer ahí y luego las botas el bolsas negras con los papeles y chucherías que acumulaste? para que finalmente los desperdicios seamos uno.

Y el gran final, es lo rápido que desapareceré de la memoria colectiva y de tu memoria. Tal vez viejo vencido y a las puertas de tu propia muerte lleguen mis recuerdos para hacerte sonreír te acordaras de algún detalle tonto que te moverá el corazón, y suspiraras el último aire pensando el mi. Tal vez te estaré esperando del otro lado. Tal vez no haya otro lado. Y entonces finalmente el objeto de mi dolor, y mi dolor serán uno: nada.

Saturday, December 20, 2008

The Thinker: Portrait of Louis N. Kenton



Thomas Eakins (1844–1916) Metropolitan Museum NYC











Remembranza de pensador de Thomas Eakins
Por Paloma Valencia-Laserna



El rostro contraído donde se afirman las gafas pregona sapiencia
Ignotos pensamientos se anuncian en las comisuras de sus labios resecos.

El pelo, hirsuto y aglutinado por la grasa se pretende el triunfo sobre lo mundano
cierta impaciencia con lo rutinario
desprecio por lo corriente
descuido esforzado que habla.

Y en las narices tensas el aire circula voluntario
como voluntarios son los sonidos que alcanzar sus oídos
perfilados como oreja
rescatan sólo los murmullos ya muertos de unos pasos perdidos.

Y la hueca voz que calla se presiente muy potente
sus palabras se adivinan confidencias de lo abstruso.

Anhelante la masa que lo admira, le mendiga codiciosa
la delicia de una baba
la energía de la bocanada
el misterio develado del libro que ya escribe…

Su mente yace plácida
distendida y blanda
recuerda
los contornos de una piel, muy blanca.

Paloma Valencia-Laserna

Friday, December 12, 2008

La presentación de Simón ante la dama.




Inspirado en Nicolas Peycere - La casa del placer

Él tiene puesto un pantalón de jean azul oscuro, es largo y recto, le roza los zapatos. Lleva un cinturón con hebilla de bronce y una camisa con rayas y bordada pulcra, con hilos de algodón, como repujadas, sus iniciales en el bolsillo. Tiene la chaqueta de cuero, pesadas costuras unen las partes y un cierre metálico como una camino de dientes sube por su pecho. Tiene las barbas sin afeitar de hace dos días, los dientes muy blancos. Tiene la melena ensortijada y algún producto aglutina sus crespos; las llaves de latón en el bolsillo con sus pasos se encuentran entre sí y provocan un cuchicheo provocativo. Tiene en el fornido cuello una cadena de esclavas muy amplias, en el antebrazos asoma un reloj, en los dedos sólo un anillo plateado y parece una trampa metálica sobre la garra. Tiene los zapatos de suelas gruesas y burdas. ¡Así celebra el espectáculo de ser hombre! Cerca de él, por el suelo, hay desparramados papeles y polvo mugroso.

Las maneras de Simón. Que lleva puesto un jean negro y liso. Que toca sus barbas crecidas de anteayer y además sonríe. Que agita la cabeza de melena muy crespa. Que se ha puesto una camisa con dibujos azules, y en los antebrazos escondido un reloj y tiene en un dedo de la mano izquierda un anillo que parece una trampa que apresa la garra. Está perfumado con olores de humo. Cerca en él en el suelo, hay botados pedazos de papel y polvo mugroso. En el cielo un águila grande y vistosa se ha elevado hacia las cumbres. Bandas de golondrinas revuelan sobre una bandera que agita el viento. Y el deseo: se percibe su enigma, es un perder la boca y la mente, para una lucha falaz, para iniciar un rito solemne. Él peina y despeina su pelo negro, por costumbre tuerce la mano al hacerlo, se ven los brillos de un reloj que a veces se esconde.

Thursday, December 11, 2008

Amor

Cuando Amapola lo miró a los ojos y le dijo, una vez más, que esa relación ya no funcionaba, en ese mismo instante, sin que pasara nada extraordinario o sin que hubiese variado siquiera el tono de su voz; Francisco pensó que era cierto.

Una punzada, tan pequeña como la de un alfiler, tan dolorosa como una estocada.

La senda simple del tiempo la convirtió en una pena inconclusa; una llaga que con cualquier contacto sangra. Y caminaba por la calle sintiéndose enfermo con una dolencia indecisa causada por ese amor que se el escapaba sin entender por que. ¿Alguien percibiría sus sufrimientos? Alguien podría darse cuenta de que todo en él era una impostura: su sonrisa, sus palabras, sus movimientos, el pulso, la respiración. Tras sus pasos goteaba sangre que trachaba sobre el suelo el dibujo de su malograda felicidad.

Acaso aquellos que pasaban a su lado estarían lastimados; descubrió los síntomas. Una desesperación moderada, la perdida discreta del liquido vital. Una indescifrable inquietud, un desasosiego jovial. A veces era imperceptible, parecía un achaque más… Era la vejez. Parsimoniosa, lánguida, lenta. desgarra, destroza, desagua.

Es la única herida mortal.

Sutilmente; disfrazada y cubierta por la costra de pretensiones de olvido, dejará caer la última gota de savia.